Durante muchos años, en la Argentina se construyó una imagen negativa alrededor del empresario.
Tener dinero generaba sospecha. Ser exitoso muchas veces requería dar explicaciones. Mostrar que a uno le iba bien podía ser interpretado como arrogancia y, en determinados ámbitos, la palabra empresario terminó asociándose con conceptos como privilegio, corrupción, especulación o cercanía con el poder.
Creo que esa mirada le hizo mucho daño a la Argentina.
También explica, en parte, por qué decidí tener una exposición pública, participar en medios y mostrar lo que hago en redes sociales, aun cuando probablemente no sea la forma más directa ni eficiente de monetizar mi tiempo.
El empresario como figura aspiracional
En los últimos años empezó a producirse un cambio cultural.
Javier Milei popularizó la idea del “empresario como héroe”: una persona que arriesga su capital, su tiempo y su reputación para crear un producto o servicio que otras personas voluntariamente deciden comprar.
Más allá de la frase, creo que hay una idea importante detrás.
En una economía competitiva, una empresa solamente puede sostenerse en el tiempo si logra ofrecer algo que alguien necesita y está dispuesto a pagar. Para hacerlo tiene que invertir, contratar personas, competir, innovar, administrar recursos y asumir riesgos.
Y hacer todo eso en la Argentina, con las dificultades económicas que atravesó el país durante décadas, tiene todavía más mérito.
Por supuesto que existen malos empresarios, de la misma manera que existen malos profesionales, malos políticos o malos empleados. También existen empresarios que construyeron sus fortunas gracias a privilegios otorgados por el Estado. Pero convertir esos casos en una condena general a la actividad empresarial me parece un error.
Empresario y emprendedor son parte de lo mismo
Siempre me llamó la atención la distinción que hacemos entre emprendedor y empresario.
El emprendedor suele presentarse como algo positivo: alguien joven, creativo, que arriesga y persigue una idea.
En cambio, cuando esa misma persona crece, empieza a facturar más, contrata empleados y acumula capital, pasa a ser un “empresario” y la palabra adquiere una connotación diferente.
Para mí esa separación no tiene demasiado sentido.
El empresario es, en muchos casos, simplemente un emprendedor cuyo proyecto creció.
No deberíamos necesitar un eufemismo para hablar positivamente de alguien que crea una empresa.
Por qué decidí mostrarme
Esta es una de las principales razones por las que decidí construir una presencia pública.
No solamente quiero mostrar edificios, inversiones o proyectos. Me interesa humanizar la figura del empresario.
Mostrar que detrás de una empresa hay una persona normal. Alguien que trabaja, se equivoca, toma riesgos, aprende, gana algunas veces y pierde otras.
Durante mucho tiempo muchos empresarios argentinos eligieron exactamente lo contrario: mantenerse alejados de los medios, no hablar de dinero, evitar las redes sociales y mantener un perfil extremadamente bajo.
Había razones para hacerlo. La exposición podía generar problemas, desde cuestionamientos sociales hasta una mayor atención de organismos públicos.
Pero el resultado fue que el empresario terminó convirtiéndose en una figura lejana para buena parte de la sociedad.
Creo que eso está empezando a cambiar.
Una nueva generación de empresarios visibles
Hoy es cada vez más habitual escuchar empresarios en podcasts, conferencias o entrevistas explicando cómo construyeron sus compañías.
También es normal encontrar fundadores y ejecutivos con presencia en LinkedIn, YouTube, Instagram o X. Incluso grandes compañías comenzaron a entender que sus directivos también pueden tener una voz propia.
Organizaciones como Endeavor, los podcasts de negocios y la aparición de empresarios en redes sociales contribuyeron mucho a este cambio.
Y creo que es positivo.
Cuanto más conocemos cómo se construyen las empresas, menos misterioso parece el mundo empresarial.
Cambiar aquello a lo que aspiramos
Hay además una cuestión generacional que me interesa particularmente.
Las personas jóvenes necesitan referencias.
Durante algunos años parecía que buena parte de la aspiración estaba puesta en convertirse en influencer, streamer o creador de contenido. No tengo nada en contra de esas profesiones, pero me entusiasma ver cada vez más jóvenes interesados en crear una empresa, desarrollar un producto, contratar personas, invertir y construir algo propio.
Por eso intento ayudar cuando conozco a alguien joven que está emprendiendo y puedo aportarle algo desde mi experiencia.
Necesitamos que crear una empresa vuelva a ser una aspiración.
Que facturar sea algo positivo. Que contratar a la primera persona sea motivo de orgullo. Que crecer no genere culpa. Y que acumular capital legítimamente no convierta automáticamente a alguien en una mala persona.
Mi motivación para estar en redes
Probablemente podría dedicar las horas que destino a entrevistas, conferencias, podcasts y redes sociales a actividades con un retorno económico más inmediato.
Pero no todo se mide de esa manera.
Una de mis motivaciones para tener exposición pública es aportar, aunque sea mínimamente, a un cambio cultural: que el empresario deje de ser visto como una figura distante o sospechosa y empiece a ser visto como alguien que crea, arriesga, emplea y produce.
Quiero que un chico pueda mirar a un empresario y pensar: yo también quiero construir algo.
Más allá de los edificios que pueda desarrollar, de las empresas que pueda crear o del patrimonio que pueda construir, me interesa contribuir a cambiar esa percepción.
Porque una sociedad que admira a quienes crean empresas probablemente genere más personas dispuestas a crearlas.
Y una Argentina con más personas queriendo crear, invertir, contratar y producir tiene muchas más posibilidades de crecer.











